El éxodo de tres generaciones de mujeres

El éxodo de tres generaciones de mujeres

Hemos hablado con Olga, Katya y Veronika, abuela, madre e hija respectivamente de una familia ucraniana refugiada en Rumanía. El éxodo de tres generaciones de mujeres, con anhelos y perspectivas muy diferentes y una misma pregunta: ¿Y ahora qué?

El éxodo de tres generaciones de mujeres

Llegaron desde Isaccea, la parte más al sur de la frontera rumano-ucraniana, a Tulcea, un pueblecito en la desembocadura del Danubio donde una familia rumana ha convertido un centro vacacional para turistas en un improvisado centro de acogida. Aquí tienen techo, comida y, más importante aún, calor humano. Sin embargo, su éxodo no ha hecho más que comenzar…

En Ucrania

Olga, la babushka, Katya y Veronika siempre han vivido en Odessa. La tercera ciudad de Ucrania es un importante puerto marítimo situado en el suroeste del país.

Olga es la orgullosa matriarca de una gran familia llena de niños y mucho ruido, que es lo que a ella le gusta. “Ayudar a todos, que la familia esté junta”. Es una mujer fuerte, el “chicle” del clan.

Katya, madre de cuatro hijas, es entrenadora de perros. Fue despedida cuando anunció su decisión de abandonar el país. Le encanta su trabajo pero el instinto de supervivencia de poner a salvo a sus hijos fue más fuerte que cualquier otra cosa.

Veronika es una estudiante de 1º de bachillerato, una adolescente corriente a la que le gusta escuchar música y salir con sus amigos. Su última adquisición ha sido un nuevo piercing que su madre todavía mira con recelo.

La huida

Había rumores de guerra, de una posible invasión pero nunca imaginamos que en verdad ocurriría. Aún pensamos que es un mal sueño. Esto es surrealista…

Cuando les dijeron que iban a bombardear Odessa tomaron la decisión de salir del país. Todos menos el marido que se quedó en la casa, a la espera de ser movilizado. ¿Fue una decisión difícil? Sí, les encanta su país, su gente, su vida, pero no había marcha atrás. Había que salir.

Cuatro autobuses, un ferry, mucha confusión y la angustia que atenazaba sus cuerpos fueron los ingredientes de un periplo que duró casi dos días. Finalmente, la frontera: una muchedumbre de gente, policía, papeleos… Era la primera vez que salían de Ucrania.

Atrás quedaba parte de su familia, amigos, trabajo, las clases, los partidos de fútbol… Por delante, un país que no conocían, una lengua que no entendían y el dinero escaso de la última nómina de Katya. Lo peor de todo es que su inesperado éxodo no había hecho más que comenzar, lo más difícil estaba por llegar.

En Rumanía

En su huida tuvieron suerte. Una conocida les habló de Cristina y Sanda, dos extraordinarias mujeres que regentan un centro vacacional en la desembocadura del Danubio y que no dudaron en convertir el complejo en improvisados refugios para acoger a las familias ucranianas.

Las siete casitas están decoradas con gran esmero con el idílico paisaje del Danubio como telón de fondo. Era el sueño de una vida, recibir a viajeros y poder compartir un poco de su querida Rumanía. Nunca esperaron que sus huéspedes serían refugiadas ucranianas pero no lo dudaron ni un segundo. Había que ayudar.

La familia ucraniana ocupa una de las casas desde hace unos días. Nada les falta. Cristina y Sanda se encargan de cocinar todos los días y garantizarles comida caliente, también un hombro en el que poder llorar. Porque, según nos cuenta Cristina, “muchas veces lo que más necesita esta gente es que les cojas la mano y les digas que todo va a salir bien”. Una aplicación de traducción instantánea se ha convertido en el inesperado aliado que hace posible la comunicación entre las anfitrionas y las familias ucranianas.

El futuro

Ellas pertenecen a una familia de clase media que vive al día. “No teníamos ahorros, salimos con el dinero de la última nómina de Katya”. Tampoco tenían, como muchos de sus compatriotas, contactos con familiares o conocidos en otros países. No tienen literalmente donde ir. No tienen plan B.

De momento, gracias a la generosidad de sus anfitrionas tienen asegurada casa y comida. Pero el dinero no durará mucho, y entonces ¿qué?

No estamos acostumbradas a que nos den las cosas gratis, no queremos limosna”, dice la babushka visiblemente emocionada. “queremos trabajo, queremos poder pagar nuestro alojamiento y nuestras cosas. Queremos poder salir cada día con la cabeza bien alta”.

Estas mujeres piden algo muy sencillo, poder ganarse la vida hasta que puedan regresar a su país cuando la guerra termine.

Pero no es algo que vaya a ser fácil al menos en el corto plazo. A pesar de la aprobación por parte de los 27 de la Directiva de protección temporal para todas las personas ucranianas, que les da acceso al mercado de trabajo en el país de acogida, los trámites burocráticos, el desconocimiento de la lengua local y la falta de preparación del propio mercado de trabajo rumano dificultarán mucho su integración.

De la noche a la mañana nos convertimos en refugiadas

 

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