Territorio, memoria y resistencia en la Cuenca del río Yurumanguí
Desde hace siglos, el río Yurumanguí ha sido la arteria vital de comunidades afrodescendientes e indígenas que lo habitan y defienden como hogar, medio de subsistencia y eje de su identidad. Su nombre honra a los manguíes, un pueblo indígena casi aniquilado tras la llegada de los colonizadores españoles.
A lo largo de su cauce, trece veredas conforman el Consejo Comunitario de la Cuenca del Río Yurumanguí. Cada una es un punto en el mapa de la resistencia y el arraigo, donde se defienden con firmeza los derechos territoriales, la autonomía y las tradiciones heredadas.
Pero la historia reciente del Yurumanguí lleva profundas cicatrices. Durante décadas, la región se ha visto afectada por el conflicto armado y la violencia, lo que ha obligado a muchas familias a huir y abandonar sus hogares.
Sin embargo, a pesar del abandono estatal, las amenazas, la minería ilegal y los cultivos ilícitos, las comunidades han resistido. Han organizado mingas, han recuperado sus territorios, declarado libre el río de cultivos de uso ilícito y de minera, logrando avances jurídicos que reconocen su autonomía. La lucha ha sido colectiva, digna y persistente.
Este fotorreportaje recoge fragmentos de esa vida que fluye, a pesar del olvido, la violencia y la ausencia del Estado. Porque el río sigue corriendo. Y con él, una comunidad que no se rinde.
Impactos del conflicto
Debido al conflicto que presenta la región del Pacífico colombiano, la vereda La Primavera quedó vacía, decenas de familias fueron desplazadas. Hoy en sus orillas, solo viven pocas familias que siguen cuidando la tierra, la memoria y el derecho a permanecer.
La erosión avanza sin freno en las riberas del río Yurumanguí y ya dejó huellas visibles. En Veneral El Carmen, el antiguo centro de salud se desplomó hace unos años cuando el río se tragó el terreno donde estaba construido. Con el paso del tiempo, la comunidad incluso perdió una calle completa.
Hace siete años, las autoridades enviaron losas para reforzar la orilla y frenar el deterioro, pero las obras nunca comenzaron. Hoy, la comunidad sigue esperando una solución mientras el agua continúa ganándole terreno a la tierra.
También, varios casas han resultado dañadas en medio de los enfrentamientos armados, incluida la escuela. El río fue el refugio de niños y niñas.
Vida cotidiana y sostenibilidad

Asimismo, en el Yurumanguí, el río es carretera, camino y puente. Por eso, los talleres donde se reparan los motores de las lanchas son esenciales para la vida cotidiana. Uno de estos espacios sostiene el tránsito del territorio y demuestra que, incluso lejos del centro, las soluciones nacen de la propia comunidad.
En el Yurumanguí, niñas, niños y jóvenes asumen responsabilidades en el hogar desde temprana edad. Lavan, cocinan, pescan y cuidan. A orillas del río, aprenden a colaborar y sostener la vida cotidiana.

El pequeño muelle es mucho más que un embarcadero: es centro de comercio, espacio de encuentro y ventana al río. Allí llegan los productos que no se encuentran en la vereda, la mayoría llevados desde Buenaventura, y también es la vía hacia el centro médico más cercano, ubicado a una hora en lancha.
La comunidad tuvo un acueducto, pero fue destruido, hoy, varias personas bombean el agua del río hacia tanques en sus casas. Otras, en cambio, realizan directamente sus tareas en sus orillas: bañarse, lavar, preparar alimentos, entre otras. El río sigue siendo el corazón de la vida cotidiana.
La pesca es la base de la economía en el Yurumanguí. Gualapo, corvina, cangrejo y otras especies del río son fuente de alimento e ingreso para muchas familias. Por eso, la comunidad defiende con firmeza su territorio de la minería ilegal, que contamina las aguas y amenaza la vida que habita en ellas.
Además de la pesca, la comunidad del Yurumanguí sostiene su vida con cultivos tradicionales. Por miedo, muchas siembras en las montañas fueron abandonadas durante años. Hoy, poco a poco, las familias están retornando por esos caminos. Productos como el naidí y la papachina, son fundamentales en su gastronomía, hacen parte de sus cultivos y de su memoria.

Las comunidades del Yurumanguí están rodeadas de niños y niñas que crecen al ritmo del río. Sin embargo, muchos jóvenes, migran a la ciudad en busca de oportunidades que no encuentran en su territorio.
En el Yurumanguí, la vida comunitaria es esencial. Ante los recursos limitados, muchas actividades se organizan de forma colectiva. La cocina no es la excepción: allí se comparte el alimento, el tiempo y el cuidado.
La música también acompaña la vida cotidiana: es memoria, raíz y lucha. Al son del cununo y la guasá, las mujeres cantan, cuentan historias y resisten.
El viche hace parte de la tradición de la región Pacífica. En galones de colores, una mujer de la comunidad lo produce de forma artesanal, como le enseñaron sus mayoras. Lo guarda con cuidado. También fermenta caña y guarapo conservando otra tradición que es medicinal y de memoria.

Este territorio donde los espacios de esparcimiento escasean, las clases de educación física se convierten en momentos de alegría. Con música, juegos y movimiento, se crean espacios seguros donde las niñas y los niños ríen, se distraen y comparten.
Procesos y acompañamiento

Una de las lideresas del Colectivo de Mujeres Paridoras y Cuidadoras de Vida, del Río Yurumanguí, representa a las mujeres afrodescendientes que defienden el territorio y construyen paz en la cuenca del río. El colectivo trabaja por la protección ambiental, cultural y de los derechos de sus comunidades.
En Veneral El Carmen, el cuerpo docente junto a integrantes de la comunidad participaron en diferentes jornadas de formación acompañadas por Alianza–ActionAid. Los talleres abordaron temas clave como: derechos humanos, mecanismos de exigibilidad y las políticas de Protección contra la Explotación y el Abuso Sexual (PEAS).
Igualmente, durante las jornadas de atención psicosocial colectiva, mujeres de distintas veredas compartieron sus historias, tejieron confianza y fortalecieron sus redes de cuidado.
Historias de retorno

Josefina* y su familia dejaron la vereda en 2021, por culpa del aumento de la violencia. Dos años después, la nostalgia y las dificultades de vivir en la ciudad los hicieron retornar. Hoy, habitan de nuevo su territorio y reconstruyen día a día su vida.
En el Yurumanguí, la infancia y la juventud crecen entre retos y resistencias, pero también con una profunda conexión con su territorio. Volver al río, nadar cada día, sembrar y soñar en su propia tierra, significa cuidar.

Con el apoyo de la Generalitat Valenciana.










































