Agadez: la joya del desierto

Martes, 29 enero 2019

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La primera vez que estuve en Agadez me dejó fascinado. Mi segunda visita, lejos de menguar esa sensación, la ha acrecentado. Agadez es una ciudad cosmopolita, punto de encuentro entre pueblos del sur y el norte del Sáhara, espacio de tránsito por antonomasia y maravilla cultural y arquitectónica, merecido Patrimonio Mundial de la Humanidad. Es sin duda un lugar único.

 

Paseando por sus calles del casco histórico o postrado ante la magnificencia de su Gran Mezquita, máximo exponente mundial de construcción de barro, experimentas realmente un extraño sentimiento de autenticidad. Supongo que algo parecido a lo que sintió Henry Barth, el primer europeo que llegó a la ciudad a mediados del siglo XIX. Tras él, lo hicieron sus camaradas colonizadores que, a pesar de someter y subyugar a los pueblos nómadas tuareg, Ent4 - 4quedaron magnetizados por su cultura, tradición y valores. Su visión exótica acarreó el mito de Los Hombres Azules que ha llegado hasta hoy y aún nubla nuestro imaginario, una ficción de caballerosidad, nobleza y rebeldía que, aunque filtrada por la rareza, posee también mucho de verdad.

 

Por todo ello, en cualquier rincón de la ciudad uno espera que crucen por allí las caravanas milenarias de camellos y turbantes llenas de oro, sal, tejidos y joyas artesanas, una de las grandezas de estos pueblos. Estas aún existen, pero no son tan fantásticas ni maravillosas, sino que están conformadas por vehículos pick-ups a toda velocidad repletos de migrantes dirección norte o de regreso de aventuras fallidas dirección sur. Ya no es como antes o quizás siempre fue así. Ahora domina el contrabando de droga, de armas, de personas, eso es Agadez en la actualidad y por eso estamos aquí. Queremos ver cómo funcionan sus redes, su comercio; entender hasta qué punto la circulación de cosas, ideas y personas es importante para el lugar y, en este sentido, buscamos profundizar en la circulación, sin criminalizarla Ent4 - 3como hacen muchos, demasiados.

 

“Agadez vive de la migración” resuena en cada esquina. Y es que la ciudad tiene su razón de ser en el tránsito, el tráfico, el intercambio, el trueque, a pesar del empeño foráneo en cambiarlo. Son las políticas del “antiguo” colono, que aún cree serlo (y seguramente lo es), las que procuran encauzar en la “formalidad” todo lo que aquí acontece. No obstante, a su paso encuentran una complicidad resistente o una resistencia cómplice, de aquél que necesita recursos alóctonos para sobrevivir, pero también requiere su actividad para continuar. Nada es blanco ni negro, pero lo que es seguro es que la Unión Europea y sus políticas para contener la migración no pueden cantar victoria (aún) en este territorio. Sus esfuerzos, efectivamente, no son desdeñables y tampoco sus discursos triunfalistas que sitúan la migración en mínimos históricos en Níger, pero el movimiento sigue y seguirá, ya sea por Agadez o por otros espacios, de forma más clandestina y con más peligros para quienes se mueven, pero no por ello se frenará. Deben tenerlo claro quienes conciben e implementan estas medidas antes de rasgarse las vestiduras ante su posible fracaso. Y es que el espejismo de “la puerta del desierto” cerrada, como desean, quizás puede acabar incluso más abierta que nunca.

 

Oriol Puig

 


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