Puertas cerradas

Lunes, 18 febrero 2019

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Su sonrisa emerge por entre la puerta medio cerrada, mientras realizamos un grupo de palabra junto a varios migrantes –expulsados, refugiados, retornados….- La pequeña no tiene más de cuatro años y nos interrumpe para jugar con alguno de sus “tíos” con los que lleva meses conviviendo en esta casa de acogida de una entidad social de Bamako, en el barrio de Niamakoro. Ella es hija de una mujer de Camerún, una de las pocas que frecuentan el sitio, más bien hospedado por hombres, protagonistas mayoritarios de lo que ellos mismo llaman su “aventura”. La migración femenina es un fenómeno creciente en la zona, pero aún sigue siendo minoritaria y se produce en condiciones aún más vulnerables que la de los hombres. Un número elevado es víctima de trata sexual y/o de violaciones durante el trayecto, y es que como siempre las mujeres se llevan la peor parte en cualquier contexto.

Todas las personas asistidas en esta asociación de Mali creada por y para migrantes se encuentran en movimiento. En su mayoría son clasificadas como migrantes económicos, aunque más bien se trata de refugiados sin refugio y sin estatuto que lo acredite, oriundos del país donde Paul Biya campa a sus anchas sin crítica internacional ni intervención exterior que apunte a su deposición. Nada nuevo: la hipocresía de siempre, los derechos humanos de nunca. En este lugar, estas personas pasan juntas días enteros cada uno con su circunstancia. Uno explica la truculenta historia de su intento de asesinato en Camerún y aprovecha para defender la libertad sexual de cada cual en un país donde la homosexualidad es perseguida. Eso sí, se distancia rápidamente de pertenecer al colectivo y se limita a respetarlo.

En este lugar agradable adecuado con camas, mosquiteras y espacios comunes para comer y compartir, algun@s llevan meses bloquead@s mientras otr@s sólo se quedan tres días antes de emprender el viaje hacia el norte. Unos vienen y otros van, reafirmando una vez más la movilidad propia de la zona, los flujos de ida y venida que superan las categorizaciones clásicas de migrantes económicos y/o refugiados. Ellos ejemplifican el Sáhara: un desierto en movimiento. Critican el racismo europeo que niega su reconocimiento como refugiados o demandantes de asilo y asimismo, denuncian la contención de la migración hacia Europa. Su objetivo no es cruzar hacia el viejo continente para mejorar su estatus, sino huir de la persecución a la que son sometidos. Sus historias demuestran los efectos perversos de las políticas de externalización de fronteras, que afectan también al derecho básico de asilo. Sus vivencias, además, visualizan el fracaso de los dispositivos occidentales de disuasión migratoria en el Sahel, mediante expulsiones masivas; promoción del “retorno voluntario” y sensibilización contra la llamada “migración ilegal”, puesto que los flujos continúan, aunque eso sí, de forma más clandestina y con más riesgos.

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Los organismos internacionales y, sobre todo europeos, siguen empecinados en “gestionar y controlar” un fenómeno imposible de parar, que se cuela por entre las manos de cualquiera que pretenda estructurarlo, pues es intrínseco al ser humano y así seguirá siéndolo. En Mali se percibe–aunque menos que en Níger, por la importancia ineludible de su diáspora en Europa- la obsesión europea en la creación de barreras; la inversión millonaria para desaconsejar el desplazamiento y queda patente la incompetencia para lograrlo. Cientos de personas siguen preparadas a emprender el viaje por rutas más difíciles y peligrosas, convencidas de que “cuando una puerta se cierra, otra se abre”, según aseguran. El bloqueo de Agadez no impide la migración sino que la desvía, extiende las redes informales de tráfico de personas y produce más muertes. Los actores internacionales seguramente lo saben –o deberían saberlo- pero su testarudez y el miedo al Otro, sobre todo cuando el auge de la extrema derecha en Europa alienta el discurso y lejos de pasar factura premia los muros, conducen inevitablemente a incidir en el error. Todo esto lo hacen con un hermetismo creciente ante quien quiere fiscalizar su trabajo. Nuestro viaje está siendo eso, un compendio de puertas cerradas, en algún momento medio abiertas para mostrar sólo la cara amable, la humanitaria, pero con tendencia hacia el ocultismo y contra la transparencia. Deben recordar quienes se encierran, que su trabajo es pagado con dinero público y, en este sentido, su deber es responder a las demandas. Y es que quienes cierran puertas, se confinan en sí mismos y continúan equivocándose, no sólo por vulnerar derechos, sino por perderse la riqueza que existe al otro lado.

Oriol Puig


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