Hablemos claro: neocolonialismo

Lunes, 4 marzo 2019

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“Estamos hartos”, “Por fin lo entendimos”, “Si Francia no se va por voluntad propia, lo tendrá que hacer a cuchillo”. Si algo queda claro viajando por África, y más concretamente por el Sahel, es el hartazgo de la gente de a pie, de las clases populares y de la población general en relación a las triquiñuelas, intromisiones e imposiciones de quien un día fue su colonizador y continúa actuando como si lo fuera -porque  dicho sea de paso, de facto lo es-.

 

“Paris se escribe con A de África, sin esta vocal te queda Pris –que en francés significa cogido, tomado-. Francia no es nada sin África”. Esta sentencia, explicada por el director de una asociación de migrantes en Bamako, ejemplifica lo que una mayoría social denuncia en los diferentes países ocupados por el país de la Ilustración. “Su partida ya no es una necesidad, sino una obligación”, argumenta un sociólogo de la Universidad de Ouagadougou, en Burkina Faso. Estos días anda el río revuelto con el debate sobre el Franco CFA, la antigua moneda colonial reconvertida en supuestamente “soberana” pero con cambio fijo al euro y subordinada a los designios del Banco Central francés. Aunque la disputa no es nueva nunca antes la población se había apropiado de tal manera del discurso contra el mayor exponente de la Françafrique -la política neocolonial iniciada por Jacques Foccart, secretario de Estado de Asuntos Africanos con De Gaulle-, aún vigente. Los actuales intentos de instrumentalización por parte del Gobierno italiano apoyando la descolonización definitiva de los países francófonos, sin duda han contribuido a dar mayor dimensión internacional a la denuncia, pero más allá de la geoestrategia y la realpolitik, se trata de una adquisición creciente.

 

“Mi sueño es ir a España. Desde pequeño he querido vivir allí. África es miseria, Francia nos explota y nos quita nuestros recursos, por eso estamos obligados a irnos”, asegura un migrante en una estación de buses de Ouagadougou. Eso mismo quiere evidenciar la intelectualidad subversiva africana reunida en Bamako en torno a un foro sobre FCFA y migración. Nombres como Aminata Traoré, Mamadou Coulibaly o Kako Nubukpo defienden acabar con la sumisión y el acatamiento a la metrópolis para que África Occidental coja las riendas de su futuro con una alternativa al Franco CFA. A pesar de mis dudas fundamentadas sobre migración y desarrollo –no migran las personas más pobres y tampoco lo hacen desde las zonas más desfavorecidas, tal como demuestra Níger, considerado el país más pobre del mundo y con índices ínfimos de migración hacia Europa- considero, sin embargo, interesante y necesario el cuestionamiento del neocolonialismo vigente, sabido y ocultado por medios de comunicación y el sector de desarrollo bajo agendas “sociales y/o humanitarias” llamadas prioritarias.

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Cuando hablamos de neocolonialismo no eximimos de responsabilidad a las élites africanas que participan, alientan y ponen la mano para recoger el dinero caído de Europa y/o Occidente para crear muros y/o cobrar la parte de su trabajo o explotación de sus pueblos. En realidad, son parte sustancial del sistema, tal como lo fueron durante el periodo esclavista y la posterior etapa de colonialismo desenfrenado. No obstante, aún otorgándoles su cuota de responsabilidad, es obligado reconocer sus relaciones desiguales frente a las potencias que limitan e impiden su soberanía y su margen de negociación. Al final acaba sucediendo lo inevitable: la cooptación y apropiación de discursos y relatos por parte del más fuerte al más débil. Es el caso del supuesto “retorno voluntario”, la repatriación o el “es mejor quedarse en casa que salir a buscar”, arengas cada vez más recurrentes entre los migrantes, a través de disuasiones –llamadas sensibilizaciones- de ONGs y organismos internacionales financiadores.

 

No obstante, no hay mal que por bien no venga –admítanme la ironía- y por lo que a mi respecta el hecho de no ser francés me ayuda en mi trabajo. Nuestra nacionalidad, sin reminiscencias coloniales en la zona –Guinea Ecuatorial y Canarias no se consideran Sahel- nos facilita la inmersión en ambientes y contextos. De esta manera, por ejemplo, un responsable tuareg de una compañía de autobuses en Ouagadougou puede abrirse a contarnos entresijos de su historia de colaboración y guerra contra el colono como ésta. “Francia sigue creando nuevos falsos problemas para mantener sus intereses. Cómo puede ser que bombardeen en Chad para defender a un dictador como Idriss Déby y no sean capaces de acabar con los yihadistas en pleno desierto? Ellos los financian para poder seguir explotando nuestros recursos”, afirma sin tapujos. En la misma línea se explaya sobre los recientes conflictos intercomunitarios entre peuls y otros grupos étnicos.


En definitiva, huyendo de los maniqueísmos entre buenos y malos más de moda, celebro que las poblaciones sahelianas empiecen a abordar debates indispensables para su futuro y asuman su corresponsabilidad en sus políticas, también las referidas a la migración, que lejos de defender derechos humanos los pisotean. Aún queda mucho para que las élites interioricen el discurso, pero cierta social civil, la no cooptada, sigue haciendo su trabajo de concienciación. Y es que como dice la antigua ministra maliense, Aminata Traoré, referente de la segunda generación de lucha panafricana tras las independencias: “Europa inflige un tratamiento inhumano a los migrantes africanos que acaban muertos en el Mediterráneo o el desierto del Sáhara y los muertos son nuestros primos y hermanos. Es la consecuencia de la globalización liberal y el robo sistemático de nuestros recursos”. Y, en este sentido, añadiría, debemos seguir luchando para defender los derechos de l@s migrantes y la migración como derecho, más allá de cuáles sean sus causas, a menudo no sólo económicas.

 

Oriol Puig


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