Ni una menos, ni en Perú, ni en América Latina, ni en el resto del mundo

Thursday, 18 August 2016
Elena Alfageme @elenalfageme

La sociedad peruana se rebela contra la alarmante violencia contra las mujeres y la impunidad de quienes la ejercen. El movimiento feminista reivindica la consideración del problema como cuestión de Estado y la necesidad de crear y aplicar leyes en la materia.

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IMG_7558¿Qué ha pasado estos días en Perú para que ayer más de 200.000 personas marchasen por las calles de Lima y otras ciudades y municipios del país para decir que ya basta de tanta violencia contra las mujeres, bajo los lemas “Ni una menos”, “Si tocan a una, nos tocan a todas”, “Poder Judicial, vergüenza nacional”?

El 13 de Agosto se ha convertido en una fecha histórica en el imaginario colectivo social peruano. “La marcha más grande jamás vista”, en palabras de la Policía Nacional. Ha sido el día en que feministas y no feministas, mujeres y hombres, personas adultas, niños y niñas, civiles, militares y políticos y políticas, han salido a las calles a gritar “NI UNA MENOS”, en un país que ostenta el tercer puesto a nivel mundial en número de denuncias por violencia sexual, por detrás de Etiopía y Bangladesh, según un estudio de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de 2013, y donde un promedio de 9-10 mujeres son asesinadas al mes por sus parejas o exparejas. Por primera vez, a quien no ha ido a la marcha o colgado la banderola de su lema, ha sido puesto del lado del agresor, sin presunción de inocencia: periódicos, canales de televisión, restaurantes, empresas de taxi, marcas de ropa, el nuevo presidente Pedro Pablo Kuczinsky… Hasta el mismo Poder Judicial, contra el que en gran parte iba dirigida la marcha, se ha visto obligado a poner sus banners y grabar sus vídeos de apoyo a la iniciativa NI UNA MENOS.

Era un secreto a voces, todos y todas en Perú lo sabían, pero pasaba en lo privado, en la casa; les pasaba a otras, mucha gente miraba hacia otro lado, y algunos ponían el dedo acusador sobre las mujeres, como el Cardenal Cipriani, representante de la Iglesia católica peruana más conservadora, quien en unas desafortunadas declaraciones que han indignado a gran parte de la población, ha señalado que las niñas son violadas porque “se ponen como en un escaparate, provocando”.IMG_7562

Finalmente se ha hecho público. La gota, de sangre, de dolor, de indignación, que ha derramado el vaso ha sido el caso de Cindy Arlette Contreras, quien en la recepción de un hotel de Ayacucho fue agarrada por su novio de los pelos, arrastrada, golpeada y amenazada de violación, mientras las cámaras de seguridad del hotel grababan todo. Una escena de violencia descarnada, ante la que nadie se ha podido quedar indiferente, y que para el agresor ha supuesto una sentencia de un año de condena suspendida, es decir, prohibición de abandonar el país y obligación de firmar mensualmente, pero sin prisión ni arresto domiciliario. Un premio al agresor y un castigo revictimizador para la mujer.

El efecto dominó ha sido increíble. Las propias feministas, quienes han sido en buena parte cocineras a fuego lento de este grito de indignación, están sorprendidas y emocionadas. La violencia sexual y la violencia física más brutal han sido por fin mostradas como un problema de ‘todos y todas’: las mujeres están empezando a hablar sin miedo sobre el estigma social que conlleva haber sido agredida o violada.

El siguiente paso, ya en marcha, pero que necesitará aún tiempo, es politizar esta situación: que más allá de intereses partidarios, el Estado y los diferentes poderes se vean como un Estado asesino y un Estado agresor y violador de mujeres si realmente no hace nada para acabar con la violencia. Hay que crear leyes que aborden el problema, además de implementar, dotar de instrumentos y presupuestos efectivos a las ya existentes, como la Ley 30364 para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres e integrantes del grupo familiar. Queda pendiente también conseguir que la sociedad y el Estado se escandalicen ante otras formas de violencia que, aunque más sutiles y polémicas, no dejan de ser violencia, como el hecho de obligar a las mujeres a llevar a cabo embarazos no deseados o empujarlas a interrumpirlos en lugares clandestinos, poniendo en riesgo su vida, o el esterilizar forzosamente a 300.000 mujeres como parte de una política estatal de control de la natalidad, como ocurrió durante el fujimorismo.

Es emocionante ser parte de las luchas globales, con sus protagonistas y estrategias locales, que nos afectan a todas en nuestros cuerpos y al resto de las sociedades en su desarrollo.image (4)


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