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Rehabilitación de la seguridad alimentaria post-Mathew 2017-2018 – Sur y sureste haitiano

Lunes, 9 julio 2018
Ainhoa Rubiato

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“El papel lo aguanta todo”.  Así decía una amiga mía hablando de las formulaciones de proyectos utópicas que se mandan regularmente a los financiadores de la cooperación internacional en Haití. En pocas páginas se arma una nuevo mundo; desde la situación precaria de la seguridad alimentaria en Haití hasta el enfoque medioambiental, la transversalidad de las problemáticas de equidad de género, la concepción de la vulnerabilidad, la caracterización de los futuros beneficiarios, pasando por los gastos de combustible, la topografía caprichosa del área de intervención, las aspiraciones de los socios de proyecto, la mitigación de riesgos climáticos, de la inestabilidad política, las probabilidades de catástrofes naturales y sobrenaturales, para llegar finalmente a alzar aunque sean las yemas de los dedos hacia el cielo de la realización de los objetivos generales y específicos.

El papel decía que Alianza por La Solidaridad junto con la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) contribuirían “a la rehabilitación y al fortalecimiento de los medios de vida de los hogares agrícolas vulnerables afectados por el huracán Mathew con el fin de restablecer sur seguridad alimentaria.” Luego decía que “las viviendas agrícolas afectadas por el impacto negativo del huracán Mathew [recuperarían] su seguridad alimentaria y nutricional a través de la asistencia alimentaria y la reactivación de su producción agropecuaria, asegurando así su resiliencia ante choques futuros”. Finalmente decía que “La cobertura  de las necesidades alimentarias básicas de 3500 hogares en situación de inseguridad alimentaria [sería] asegurada”, y que “Los medios de vida de 8800 hogares agrícolas afectados por el huracán Mathew [serían] rehabilitados y la capacidad de respuesta ante choques [sería] fortalecida gracias a la aplicación y replicación de buenas prácticas agrícolas y medioambientales resilientes ante los cambios climáticos”.

La formulación aturde, el papel lo condensa todo. Pero el papel solo es el umbral de entrada y salida de un proyecto y lo que no cuenta es el laberinto se extiende entre ambos. El papel nos la pone fácil. Lo que sí aturde es perderse el proceso; entre minotauros que son montones de encuestas de líneas de base, islas de reuniones con autoridades públicas, listas y listas de beneficiarios, bases de datos, sacos de maíz y habichuelas, camiones de semillas, pilas de plántulas de batata, nubes de trabajo comunitario (cash for work), ríos de encuestas de seguimiento, mares de facturas y el ringtone inconfundible de los teléfonos Digicel de música de fondo.

Un proyecto de cooperación es un objeto dinámico, orgánico, es un rizoma que va tirando tallos y raíces de forma horizontal y vertical a la vez, y que el papel viene a ordenar y a presentarnos como algo linear.  El papel lo aguantaría todo si nos consiguiera transmitir la cantidad de esfuerzo de los equipos para sacar adelante los resultados esperados del proyecto, las horas de planificación y desvelo, el calor, los tres pasos adelante que se transforman en cuatro para atrás y luego diez para adelante por otro camino, los cambios y la correcciones. El papel no dice el empeño de los técnicos de terreno, los esfuerzos de las autoridades locales por facilitarles la coordinación, la paciencia de los beneficiarios. El papel no cuenta quién es Jesula Dieudonné que apareció seis veces por error en las primeras versiones de la base de datos, ni cómo fue jefa de hogar y jefa de equipo de trabajo comunitario, ni como recibió y plantó semillas de ciclo corto en su jardín, ni el tiempo que se tomó en contarnos qué alimentos consumía su familia, cuántas veces sus hijos se fueron a dormir con hambre aquel mes, cuánto tardó en llegar al sitio de la distribución, que con la ayuda monetaria no solo tiene que pagar la comida sino también el agua potable y la escuela.

Aún así, después de más de un año de ejecución, lo que queda en mayo 2018 del proyecto de rehabilitación post-Mathew que se llevó a cabo en las comunas de Tiburon, Les Anglais, Bainet y Côte-de-Fer en los departamentos del Sur y del Sureste haitianos son papeles; físicos y virtuales, fuentes de verificación e informes en carpetas en las oficinas de Alianza por la Solidaridad de Jacmel. Fuera de esos papeles que no aguantan todo, quedan los jardines de los beneficiarios y los platos del almuerzo más llenos y diversos que hace un año.


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