transición ecológica

Incertidumbres hacia una transición ecológica y justa

Vivimos un momento en el que la sobreexplotación de los recursos del planeta coincide con la creciente sobreexplotación humana en el mundo del trabajo. Esto se traduce en una mayor precariedad y en nuevas formas de relaciones laborales que aún no está claro por dónde van a caminar. Hay rutas que podrían dar un giro hacia una transición ‘verde’ y socialmente justa. Sin embargo, no está claro que se quiera dar ese cambio de rumbo. Estas son algunas de las conclusiones del debate mantenido entre un grupo de expertos, convocados por Futuro Alternativo, para tratar de dilucidar hacia donde caminamos en un momento de crisis sanitaria, social, política y económica a nivel global.

Futuro Alternativo ha surgido como espacio de encuentro entre personas, colectivos y organizaciones sociales cuyo fin de reflexionar y canalizar las iniciativas de la sociedad civil. Es un grupo del que forma parte Alianza por la Solidaridad-ActionAid, junto CEAR, Attack, Economistas Sin Fronteras y un largo etcétera de expertos en diferentes materias.

En este Diálogo sobre ‘Trabajo en las transiciones ecológicas y tecnológicas’, José María Zufiaur, sindicalista y miembro del Consejo Económico y Social Europeo, destacaba el riesgo real de que la tecnología deshumanice el trabajo. Es posible que volvamos a la precariedad y la explotación del siglo XIX, en lugar de darnos la oportunidad de tener “más libertad, más creatividad”. Y recordaba que, si bien “no habrá empleo en un planeta muerto, tampoco habrá una economía más ecológica y sostenible si no se solucionan los problemas sociales”. Ahí, insistía, está el quiz de la cuestión, en cómo compaginar llegar al fin de mes con no llegar al fin del planeta.

Una transición ecológica que resulta imprescindible

“Desde los sindicatos ya pedimos en el pasado crear nuevos sectores industriales, pero no se hizo”, afirmó. “Una transición justa es imprescindible precisamente cuando el empleo pierde espacio político y la lucha se sectorializa en luchas por sexos, de jóvenes con mayores, por sectores… a la vez que el miedo a no tener futuro da fuerza a los populismos”, concluyó.

Para Zufiaur “el desafío de un contrato ecológico y social requiere tiempo, porque debe haber una mayoría social que esté de su lado”. Afirmación que contestó más adelante el miembro de Ecologistas en Acción, Luis González, para quien tiempo es lo que no tenemos. Según la ciencia, cada vez está más cerca el punto de no retorno. Pronto se llegará a una situación medioambiental que llevará al colapso territorios donde habitan y trabajan miles de millones de personas.

Para Joan Coscubiela, también ex sindicalista y, además, ex diputado, el problema es que ahora se ‘externalizan’ los riesgos provocados por el sistema económico. O lo que es lo mismo, se culpa a otros de sus fallas (sean migrantes, mujeres, otros países…). A su vez, prima una competitividad global con la que hacen aguas tanto las estructuras nacionales como un sindicalismo que, en su opinión, tiene que cambiar. “Vamos a una sociedad diferente a la industrial en la que el futuro el empleo no dependerá del trabajo como lo hace ahora”, señala. “Al comienzo de la pandemia pensaba que el feminismo y el ecologismo tendrían gran presencia, que tomarían relevancia porque representan valores universales, pero ahora veo que no hemos sabido jugar un papel protagonista”, reconocía.

Respondía a ello el economista y profesor Ignacio Muro señalando que la COVID-19, lejos de lanzar esos valores universales está generando más teletrabajo y más individualismo. De nuevo, se ven amenazadas las necesidades básicas debido a la crisis económica y los valores superiores quedan en segundo lugar. “El bien común que promulga el ecologismo o el feminismo no atrae al que se siente solo y abandonado. Y lo que le llega es que se aglutine en razas, en patrias. Una renta básica si que podría permitir tener ese suelo social necesario”, defendía Muro.

¿Qué opciones hay?

Una vez hecho este diagnóstico de los males, desde una virtual ‘fila cero’, llegaban algunos de los posibles tratamientos. La filósofa Carmen Madorrán apostaba por un modelo en el que se democraticen las empresas. Defendía que los trabajadores tengan voz y voto en los consejos de administración, como modo de iniciar una transición en el sistema de producción y consumo. No obstante, para otros esto supondría crear “una aristocracia obrera”.

Otra visión, más tecnológica, llegaba de la mano de Juan Zafra, director de la revista ‘Telos”. “El futuro tiene que ir por la revolución de las telecomunicaciones, las redes, la energía… Dejar que los robots hagan el trabajo en vez de que éste sea el sentido de la vida humana”, explicaba. Esta afirmación no convencía a Zufiaur. “Las máquinas no pueden sustituir totalmente a los humanos”, le objetaba. A Coscubiela, en un punto intermedio, le costa imaginar cómo será el trabajo del futuro. “Pienso en el modelo de las cooperativas y la cogestión como opciones, pero entonces recuerdo el problema de la deuda externa que destroza la soberanía, o el del control de big data… y no me cuadra”.

La visión más ambiental la puso Luis González, de Ecologistas en Acción, quien recordaba que el tiempo de la Tierra tal como la conocemos se agota. Las medidas a tomar deben ser inminentes y, en su opinión, deben pasar por tres ejes. Primero, reducción de la economía, hasta de un 50% en cuestiones como el consumo energético en los hogares. En segundo lugar, una relocalización de esa economía para reducir el impacto del transporte de mercancías y del turismo. Por último, apostar por una economía integrada en los ecosistemas.

“Para estar dentro de los límites de seguridad ambiental que tenemos, es verdad que se perderán muchos empleos. Por eso, los políticos deben apostar por la redistribución social, con una renta básica, con la reducción de horas de trabajo, con una nueva fiscalidad, incluso con expropiaciones. Son cambios profundos en lo social que deberían abordarse”, reconocía.

En definitiva, mucha incertidumbre y también propuestas hacia una transición justa y sostenible que no parece fácil. Pero que sabemos que es imprescindible.

Rosa M. Tristán

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