Haití, una tierra reseca y vulnerable

Lunes, 11 enero 2016
Rosa M. Tristán @RosaTristan

Seis años después del terremoto que asoló el país, la sequía se ceba con su población. El apoyo internacional es básico para paliar los efectos de las catástrofes humanitarias.

Plantando avocado, limon, mango

Hace justo seis años que un terremoto de 7º en la escala Richter asoló esa pequeña isla del Caribe en la que se encuentra Haití. Durante meses, los 316.000 muertos de aquella catástrofe natural, que tuvo su origen en su situación geográfica, estuvieron presentes en los noticiarios del mundo y la solidaridad internacional se volcó como pocas veces ha ocurrido. Pero el tiempo pasa, y tenemos otras catástrofes y sangrientas guerras, y aquel “No te olvides de Haití”, que cada día nos trajo Forges, queda oculto bajo los cascotes de los nuevos dramas.

Hace seis años, sí, pero la situación del pequeño y complejo país caribeño sigue estancada. Continúa siendo el territorio más pobre de toda América, un lugar donde decenas de miles seres humanos malviven en campos de desplazados, donde aún impera la corrupción, con un gobierno y una sequía que complica su existencia al mismo ritmo que aumentan las emisiones de gases con efecto invernadero, o lo que es lo mismo, el cambio climático. Y tampoco cambia, y es lo único que no puede hacerlo, su ubicación, así que hace apenas unos días (el 2 de enero) la tierra volvió a temblar con un seísmo de 4,6 grados que trajo de nuevo el recuerdo del pánico al noroeste del país y que, afortunadamente, no tuvo consecuencias. Después de un año de sequía consecutiva, desde noviembre de 2014, que ha acabado con las cosechas de decenas de miles de familias, la Tierra, al menos, les dio un respiro en medio de una crisis que se acentuó en marzo pasado y se prevé que dure todo 2016, en especial el primer semestre.

Pero Haití ya no “vende”, salvo en el funesto aniversario. Así que nadie se ha hecho eco del informe publicado el Día de los Inocentes por la Organización para la Alimentación Mundial (FAO), donde se señala que cerca del 50 % de su población está subalimentada, una cifra que se traduce en que cinco millones de mujeres, niños, hombres, ancianos, enfermos, no ingieren cada día las calorías necesarias para vivir. Por el contrario, el mismo organismo felicita a los países vecinos, donde los números del hambre han caído en picado en sólo unos años, cumpliendo así los Objetivos del Desarrollo del Milenio que se acordaron en el año 2000.

Tampoco hay grandes declaraciones en torno a unas elecciones presidenciales bajo sospecha, en las que el candidato oficialista salió ganador con un 30% de los votos sin identificación, como ha señalado una comisión, supuestamente independiente; la misma que ha obligado al presidente, Michel Martelly, a retrasar una segunda vuelta electoral para el 24 de enero. Pero ¿qué interés puede despertar en el panorama internacional un pedazo de tierra cada día más reseco y con una herida geológica que “sangra” cuando menos se espera?

Hace seis años que Alianza por la Solidaridad, entonces con otro nombre, se volcó en la ayuda de emergencia para paliar los efectos de un movimiento de placas que ningún experto ni sismógrafo pudo detectar con tiempo. Alianza ya estaba allí antes de ese 12 de enero de 2010, y ha seguido después, pero ahora para trabajar no sólo en la mejora alimentaria, sino también en la prevención de las catástrofes, porque sus consecuencias se pueden evitar estando preparados.

Es la razón por la que se presentó el pasado año, junto a otras organizaciones, un proyecto al Departamento de Ayuda Humanitaria y Protección Civil de la Comisión Europea (ECHO), que decidió financiar con 9,33 millones de euros 14 proyectos que ayuden a los haitianos a saber qué hacer cuando un tsunami o un seísmo sacude su territorio, a prepararse frente a inundaciones que, visto que el cambio climático no se va a frenar en mucho tiempo, pueden encharcar su futuro, o protegerse de los huracanes que pueden despedazarlo de un plumazo.

Se trata del Plan de Prevención de Desastres denominado DIPECHO, que alcanzará en dos años a 400.000 personas. Apenas 23,3 euros per cápita que permitirán elaborar mapas de las zonas con más riesgo, planes de emergencia para que sus habitantes sepan que hacer cuando el desastre se acerque, sistemas de alerta temprana que eviten la sorpresa, y también pequeñas obras (el desvío de una carretera, un dique, unos sumideros, unos pilares antisísmicos…) que permitan salvar vidas, hogares y tierras de cultivo.

En una zona del planeta tan vulnerable como es Haití, resulta evidente que ya no puede haber políticas de desarrollo que no tengan en cuenta la prevención porque ahora no es posible planificar con criterios que prevalecieron en el pasado.

Por lo lado, a los agricultores ya no les funciona preparar la tierra a la espera de las lluvias de abril (a junio) y de octubre (a noviembre), como hicieron durante generaciones, porque no llueve; los hosteleros ya no esperan a que se llenen sus locales de turistas, porque las playas y el mar rebosan de algas que antes no estaban; las familias pronto no tendrán carbón vegetal con el que calentarse porque no habrá árboles (sólo en 2015 se ha deforestado un 1,5 % del total de masa forestal que quedaba, según datos oficiales); y la tierra fértil, sin nada que la sostenga, se la llevan las fuertes lluvias, tan dañinas como la sequía.

Y por otro lado, la superpoblación ha generado asentamientos humanos en zonas de alto riesgo en caso de un desastre, concentraciones urbanas de viviendas precarias surgidas en los 40 años que han bastado para que la población pasara de cuatro a 10,3 millones de habitantes. Son 371 personas por kilómetro cuadrado, donde en España somos 90. Prevenir para que su desarrollo tenga futuro es el único camino, y la ayuda internacional para construirlo es fundamental. No olvidarse de Haití es un buen objetivo para 2016.

Imagen: Borja Moncunill

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