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La huella ‘viva’ de Almudena Cavestany

Martes, 8 octubre 2019
Rosa M. Tristán

almudena-cavestany.emf

Hay personas cuyo compromiso social va tan pegado a su vida como el número del carné de identidad. Y este es el caso de Almudena Cavestany, una mujer cuya huella solidaria perdura y perdurará muchos años sobre decenas de miles de personas que nunca conocerán su nombre. Mujeres del sur de Senegal que hoy tienen una tierra a su nombre; niños y niñas abandonados en las calles en Marruecos que hoy gozan de protección; refugiadas sirias maltratadas que se sienten menos solas; bolivianas que hoy son líderes en sus comunidades… A todas ellas ha ayudado, de uno u otro modo, el legado de la incansable Cavestany.

Hay que remontarse a finales de los años 50, en plena dictadura, para encontrar a la joven universitaria que pasaba los veranos yendo y viniendo por la España rural profunda y mísera de la postguerra para alfabetizar a sus gentes. Estudiante entonces de Filología Románica en Madrid, seguramente fue ahí donde aquella mujer inquieta abrió los ojos a un mundo tan real como ajeno a las clases medias urbanas, donde se encontró con hombres y mujeres que no sabía lo que era tener un grifo en casa y una bombilla para alumbrar las noches, donde se tropezó con esa pobreza que hace agujeros en los estómagos.

Al acabar la carrera, se inició en el mundo del trabajó como docente en varias institutos de enseñanzas medias, de Algeciras a Madrid, pasando por Cuéllar (Segovia), donde volvería a encontrarse con el duro paisanaje rural castellano. Pero unos años después, se incorporó al Instituto de Cultura Hispánica, el mismo que con la llegada de la democracia se convertiría en el Instituto de Cooperación Iberoamericana (ICI), semilla de la posterior Agencia Española de Cooperación Internacional al Desarrollo (AECID).

En los 70, el Instituto tenía poca actividad y menos recursos; daban poco más que para unas becas destinados estudiantes latinoamericanos. Pero cuando se creó el ICI, en 1979, la ayuda a la cooperación comenzó a crecer y ahí estaba ella trabajando sin descanso. Hacia 1983, participó en la puesta en marcha de programas culturales, entre otros. Allí, su huella quedó impresa en muchos pequeños pueblos con iniciativas que unían gentes separadas por miles de kilómetros. Es el caso de la exposición ‘Iberoamérica en tren’ que se organizó sobre culturas iberoamericanas: a bordo de un tren, pintado de mil colores gracias a un concurso público, la muestra iba recorriendo municipios de la geografía española donde nunca antes habían visto algo parecido. Más tarde, al acercarse 1992, se convertiría en la responsable de exposiciones de la Sociedad Estatal V Centenario, ampliando así su radio de acción a muchos más rincones del país.

Ángeles Yáñez-Barnuevo, su amiga y albacea, la recuerda como “una mujer muy culta, libre, independiente, con fuertes valores solidarios en defensa de la libertad y la tolerancia y contra la injusticia”. Conserva en la memoria la imagen de una persona siempre activa, gran viajera por el continente americano, donde pudo conocer de primera mano cómo era la vida de las comunidades, pero también por Europa.

Corrían los años 80 cuando conoció el trabajo de Alianza por la Solidaridad, por aquel entonces Solidaridad Internacional, y no dudó en hacerse socia. Cuenta Ángeles que de esta ONG le atrajo su forma de trabajar con las organizaciones locales así como su enfoque de la cooperación internacional y su defensa de los derechos de las mujeres. Por ello, cuando Almudena se jubiló, era fácil encontrársela trabajando de voluntaria en las sedes de la Alianza, ya fuera organizando eventos públicos, vendiendo en la tienda de comercio justo o rellenando sobres para un ‘mailing’.

Su albacea comenta que ella sabía que ni una persona ni una organización sola pueden cambiar el mundo, pero estaba convencida de que gracias a las ONG muchas personas concretas en rincones olvidados mejoran su vida, que pese a los grandes desafíos, merecía la pena esforzarse por cada una de ellas.

Desde que falleció tempranamente en 2005, a los 67 años de edad, su huella ha llegado a más de 38.000 personas. Su legado solidario ha ayudado a mejorar la vida de tantos seres humanos en varios continentes, a través del trabajo de Alianza, que hoy ya no es posible reunir a los herederos de su solidaridad.

El homenaje en Casa de América, organizado por Alianza por la Solidaridad, en su memoria era necesario, casi 15 años después de su muerte.

Porque su huella se mantiene viva.


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