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Expolio y cambio climático, un cóctel de pobreza en Guatemala

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Cada día que pasa Angélica de León, de 44 años, saca menos agua de único pozo artesanal del que dispone su familia. Vive en una comunidad campesina llamada Valle Lirio, en la costa sur de Guatemala, departamento de Retalhuleu, una región donde siempre hace calor pero donde en los últimos años las temperaturas comienzan a ser insoportables, acompañadas de sequías más prolongadas e inundaciones más devastadoras. Si a ello se suma el expolio del agua por grandes empresas, se entiende que la vida de Angélica se convierta en algo insostenible a marchas forzadas.

Madre de tres hijos, promotora de la agroecología en su comunidad y mujer luchadora, aunque no tiene termómetro su humilde casa de madera y techumbre de latón, no se sorprende cuando le cuentan que la temperatura promedio anual ha subido en su país de los 30ºC y que ahora se llega a los 40ºC con mucha frecuencia. Ella misma ha comprobado que la temporada de lluvias, que solía ser entre mayo y octubre, anda revuelta y “ya no se sabe ni cuándo va a llover”, así que el agua escasea durante gran parte del año y los ríos que riegan la región (el Naranjo, Ocosito, Pacayá, Mopá, y Talpop) cada vez traen menos cauce.

Lo que ocurre en Valle Lirio es un caso más. Todos los informes aseguran que Guatemala se encuentra entre los países más vulnerables al cambio climático en América. De hecho, ocupa el puesto siete entre los 15 países con mayor riesgo de una catástrofe tras un evento extremo, ya sea una sequía, incendios o inundaciones por lluvias torrenciales. Y, sin embargo, su nivel de contaminación a nivel global es mínimo: apenas un 0,2% de las emisiones, según estudios de Naciones Unidas.

Pese a ello, para Angélica, los impactos del cambio climático son el día a día, al igual que para las 150 familias campesinas que viven Valle Lirio y que apenas pueden llegar a cubrir sus necesidades con sus pequeños huertos.

En este contexto climático, los impactos de la expansión de los cultivos de palma africana y bananos, de la mano de grandes compañías, son desastrosos. No tienen en cuenta el impacto que su presencia tiene sobre los acuíferos y los ríos de los que dependen la población de Valle Lirio. En el caso de la palma aceitera, bien podría acabar en la Unión Europea usada como ‘biocombustible’ para ‘alimentar’ los coches con la excusa de que son ‘más sostenibles’. En Valle Lirio, sin embargo, solo genera pobreza.

Al entrar en la casa de Angélica, de madera, con techo de láminas de aluminio y suelo de tierra, no se ve un grifo, ni una tubería. El pozo artesanal apenas tiene agua suficiente para el consumo familiar, pero es que, además, tienen que regar el pequeño huerto adyacente y dar de comer a los pocos animales domésticos que completan sus bienes.

“Tenemos un gran problema con el agua. Cuando era niña, nuestros padres nos llevaban al río; había agua para lavar la ropa y para bañarse. Era agua limpia, abundaba y tenía peces. Ahora el agua es turbia y escasa en verano, también lo es el pescado. Vemos que la sequía ahora dura más y que otras veces llueve tanto que nos ponemos en riesgo porque los ríos crecen mucho. Y, además, tenemos dos empresas que nos quitan el poco agua”.

La situación es la misma en el colindante municipio de Coatepeque, donde vive Marta Olinda: “La planta nos consume mucho líquido”, asegura.

Con el apoyo de ActionAid Guatemala y del Comité de Unidad Campesina, las comunidades de la zona como Valle Lirio se han organizado y ha recibido formación para realizar acciones que aumentan su resiliencia frente al cambio climático. Gracias a estas colaboraciones, han aprendido sobre diversificación de cultivos, tienen nuevos sistemas de riego, conocen técnicas sostenibles para manejar los suelos, utilizan de productos agroecológicos y locales, frente a pesticidas y fertlizantes químicos que usaban antes, etcétera. Además, se han puesto en marcha comisiones de gestión de riesgos para casos de emergencias.

Pero la preparación contra el cambio climático convive con unos negocios que comercializan sus recursos naturales (agua, tierra, ríos, el aire puro..). Son grandes proyectos empresariales, con apoyo gubernamental, que no consideran su coste social y ambiental:

El cambio climático es un hecho y aquí nos preparamos para sus impactos, pero lo peor es que hay empresas que limitan nuestros esfuerzos por enfrentar el cambio climático con  monocultivso que acaparan agua, deforestan y matan toda la vida. La palma africana se traga todo el agua que es de la gente pobre y de los animales. Las amas de casa ya no tenemos el vital líquido para lavar la ropa ni para el aseo personal”, comenta Angélica.

A ello se suma el impacto de la compañía bananera. “En verano, cuando no llueve, se roban el agua de los ríos, que es escasa, para sus bordas y represas; luego, en invierno, cuando llueve, abren las compuertas y nos generan inundaciones, y con ello muchas pérdidas en nuestros cultivos, como maíz, ajonjolí, plátano, tomates, berenjenas. Es un desastre”, asegura Angélica a las puertas de pequeño huerto.

A nivel mundial, Guatemala ocupa el cuarto lugar en exportaciones de palma africana, con el el 2,7% del mercado mundial. Son plantaciones que están substituyendo en un 40% a los bosques tropicales y en un 32% a los pastos naturales y las áreas de cultivo de pequeños campesinos como los de Valle Lirio.

La salud de la comunidad ha empeorado a causa de la contaminación

Como consecuencia, los impactos en la salud ya son evidentes en la comunidad, sobre todo entre los niños más pequeños, que sufren diarreas y vómitos por la contaminación. “Cuando la bananera abre las compuertas, sueltan agua contaminada con químicos y desechos, que causa granos y picazones, a lo que se suma la contaminación del aire con fumigaciones desde avionetas que rocían todo, hasta la ropa tendida”, señala.

Sin embargo, ninguna autoridad está monitoreando estos problemas de salud.

Antes un futuro aún más catastrófico a nivel ambiental –se estima que el cambio climático afectará al 40% de los cultivos centroamericanos- Angélica  es consciente de que sólo desde la organización comunitaria se pueden enfrentar las dificultades. “En Valle Lirio estamos un bonito grupo de compañeros que nos organizamos para ser escuchados en nuestras demandas por el derecho al agua. Aunque el Gobierno no nos atiende, al estar organizados hemos tenido capacitaciones del Comité de Unidad Campesina (CUC) y apoyos de ActionAid Guatemala; además, nos han favorecido con los huertos familiares con las semillas y  pilones, y con patos, pollos, cerdos e insumos materiales para los gallineros y cochiqueras, que nos permiten ir sobreviviendo y adaptarnos a esta situación de expolio en la que tenemos que enfrentar el cambio climático”.


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