Ser migrante en el siglo XXI

Arantxa Freire (@arafrei) y Lydia Molina (@lydiamolina)

zacarí

La historia de Zacaría parece sacada de una película de los hermanos Marx (la parte contratante de la primera parte …..¿se acuerdan?). Sólo que en este caso, la burocracia ha truncado el derecho de una familia a estar juntos y les ha hecho gastar miles de euros para nada: Zacaría llegó hace casi 10 años a España después de cruzar la mitad de África por carretera para llegar a Europa. Estuvo varias semanas en un Centro de Internamiento en Canarias (CETI) . Su país no tiene convenio de inmigración y le soltaron: no había convenio con Guinea para repatriarlo. Zaca tuvo suerte. En un mes tenía trabajo, le ayudó  el boom de la construcción y enviaba dinero a su familia. A veces trabajaba 10 o 12 horas. Y por lo noche estudiaba. Pagaba sus impuestos. Consiguió su tarjeta de residencia. Pero, entonces se casó con una muchacha de su pueblo. Tuvo un hijo. Y se le ocurrió traerla, como permite la Ley de Extranjería. Ahí empezó su pesadilla. Y su ruina.

Lo  más sangrante son los motivos por los que le denegaron la agrupación familiar: Que en su casa  de 85 metros cuadrados, donde vivía con dos amigos, no era habitable. Y que no disponía de medios suficientes para mantener a su familia (Zacaría me cuenta asombrado que presentó 3 nóminas por valor de 1960 , 1559 y 2559 euros). ¿Nos separarán de nuestras familias a todos los españoles que no cumplimos estas condiciones?

Algodón de Burkina, adelante.  Cacahuetes de Senegal, pase.  Piña de Costa Rica, bienvenida. Espárragos de Perú, Ropa de china, Oro africano. Personas………ah, no. Personas sólo con papeles (que sólo se consiguen con euros). En un mundo globalizado, ¿no es contradictorio que se abran mercados a  las materias  y a los capitales pero no a la movilidad de las seres humanos? Ser migrante nunca ha sido fácil. Dejar a tu familia, empezar de cero en otro país, trabajando en algo que quizás nunca imaginaste hacer, ser un extraño entre extraños…Nuestros abuelos, nuestras madres, lo hicieron para darnos una vida mejor.

Si era difícil emigrar hace 50 años,  no podemos hacernos a la idea de lo difícil que es ahora ¿Qué hubiésemos pensado si los argentinos nos encierran en cárceles cuando llegaban nuestros antepasados por no cumplir los requisitos burocráticos? ¿O si nos negasen la protección sanitaria por venir de Europa? Pues es lo que viven y han vivido más de 6 millones de migrantes en nuestro país. Miedo, maltrato, inseguridad, humillación, rabia… En una palabra: injusticia.

Como condenan muchas organizaciones de derechos humanos,la situación en materia de detención e internamiento de personas migrantes, el control de fronteras, las dificultades en la integración y la reagrupación familiar, la situación de las mujeres migrantes, y las dificultades de los propios defensores de los migrantes son algunos de los problemas “extras” a los que se ven enfrentados los migrantes pobres.  Precisamente los que más deberíamos proteger como sociedad.

El nuevo gobierno se ha ensañado especialmente con los migrantes. La denegación de la salud a los sin papeles, basándose en unos números que la ministra nunca ha dado ni dará, está afectando a la vida y a la salud de muchas personas, como denuncia la campaña #tuderechoacurar.

Para poner rostros a estas dificultades os acercamos la historia de Carolina, una estudiante  salvadoreña que estudia el doctorado en Madrid y nos cuenta su caso a través de la Asociación Rumiñahui. Le operaron  hace unos meses para extirparle unos miomas  y tras la operación le dieron de baja su tarjeta sanitaria. “Nadie me dio un presupuesto para operarme ni que me fuesen a cobrar por ello”, explica.  El problema vino después en el post-operatorio. “A los diez días de operarme fui al centro de salud a pedir que me quitaran las grapas pero me dijeron que no tenía la tarjeta sanitaria. Me dijeron que no me iban atender porque ya no tenía ese derecho, que me tienen que cobrar y que es mejor que me vaya a un seguro privado”. Todavía convaleciente tuvo que recorrer varias oficinas “me iban mandando a preguntar de una a otra. Me quedé indefensa y no sabía que hacer”  hasta que encontró un centro de salud con “humanidad” que le quitó las grapas. La situación fue de total indefensión y pudo estar en juego su salud.

Existe un mito que defiende que las fronteras deben blindarse para evitar que los países prósperos sean invadidos por millones de personas que vendrían buscando una vida.

Juan Carlos Velasco, investigador del Instituto de Filosofía del CSIC, nos explica estas paradojas en su artículo Movilidad humana y fronteras abiertas. “De entrada, que el conjunto de la superficie del planeta que habitamos  fuera accesible a cualquiera debería ser algo completamente normal. Al fin y al cabo, la Tierra entera es propiedad común de la humanidad”. La legislación internacional afirma, es verdad, el derecho a emigrar (Declaración Universal de los DDHH por ejemplo), pero ignora su contrapartida lógica, el derecho entrar en otro país

“¿Existe alguna razón compatible con los derechos humanos que autorice negar el acceso a alguien que huye de la miseria material o que no puede ni desea seguir viviendo bajo un gobierno tiránico? ¿Puede utilizar un Estado la fuerza contra individuos que penetran en su territorio sin agredir a nadie ni atacar ninguna propiedad pública o privada? ¿Tiene derecho a deportarlos y penalizar incluso a quienes les den hospitalidad?”

Para Velasco, la opción no es un mundo sin fronteras sino un mundo con fronteras más abiertas donde se luche contra las causas de la migración. “Lo único que de alguna manera puede frenar a los emigrantes sería una mejora sustancial de sus condiciones de vida en sus respectivos países de origen”

En muchos casos, no en todos ciertamente, la transgresión de las fronteras es tan sólo un pequeño síntoma de un  mal pandémico llamado pobreza e injusticia global.


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