Matida y Fatou: El coraje de las mujeres feministas de la Casamance

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Lidia Ucher @lidiaucher

A las mujeres como Bintu los hombres les tenemos miedo”. Cuando a Fatoumata Bintu Correa le dicen que así hablan de ella sus vecinos -hombres- asume convencida que en su región natal, Kolda (Senegal), las cosas ya nunca serán igual. Se señala a sí misma con la mirada, sin apenas gesticular y dice: “Aquí me veis: soltera. No soy ya una mujer con la que ningún hombre quiera casarse“.

Lo asume con una humildad a la vez que una entereza digna de admirar si echamos un vistazo al entorno en el que Fatou ha decidido cambiar su destino: No estamos en ninguna ciudad europea, ni siquiera una capital africana. Nos hallamos en la región rural de la Casamance, en África Occidental, con altos niveles de pobreza, desnutrición y analfabetismo que afecta muy especialmente a las mujeres.

La lucha de Fatoumata desde la tierra que le vio nacer, lejos de ser en vano, está resultando vital para las mujeres rurales de la región de Kolda. De hecho, se toma estos comentarios sobre ella como un pequeño paso adelante. “Petit à petit” (“poco a poco”), repite. El “miedo” del que hablan los hombres es un síntoma de que algunos empiezan a reconocer que como Fatou, muchas mujeres no van a aceptar más el rol de esposa sumisa, reproductora, cuidadora y a la vez productora sin ningún derecho para decidir absolutamente nada sobre sus cuerpos, sus hijos, su trabajo y su tiempo. Algo tendrá que cambiar también en ellos, porque se enfrenta, con todo su coraje pero consciente de los duros sacrificios que supone para ella, a un entorno complejo pero en el que siempre las mujeres se llevan la peor parte: la familia decide por ellas con quién casarse, no se le permite su participación en las decisiones en la comunidad y no tienen ningún derecho sobre la tierra que trabajan. Pero la imagen de las mujeres portando en sus cabezas el agua que recogen para sus casas, recorriendo las carreteras de la Casamance y fotografiadas majestuosas por los “tubabs” -como llaman en Senegal a los blancos-, nos retrata también la otra realidad: la profunda desigualdad en la que viven las mujeres rurales, enraizada tanto como los baobab que crecen en esta fértil tierra.

Comprender la carga de significado que tiene declararse feminista en las regiones rurales de África se hace difícil desde nuestra mirada occidental. Rebelarse contra tradiciones culturales y trazar el camino de la igualdad lo deben hacer con mucha sutileza porque el riesgo es perderlo todo: los vínculos con su familia, su comunidad y su etnia: lo que en nuestra sociedad occidental  supondría una exclusión social absoluta, sin derechos ni reconocimiento ninguno.

Por eso, Matida Daffeh, gambiana residente en la comunidad rural de Kerewan y originaria de Bulock, habla en los mismos términos que Fatou -“petit à petit”-, pero en inglés: “Slowly but gradually”. “Poco a poco”. Fatou y Matida se entienden entre ellas en wolof, pero hablan cada una de ellas otros cuatro idiomas. Pertenecen a comunidades distintas -Kerewan, en Gambia, y Kolda, en Senegal-, a etnias distintas -madinka y manjack-, conviven con otras etnias como la peulh y diola, mayoritarias en la región de Kolda y en la costa de la Casamance respectivamente. Y comparten esta misma visión sobre cómo dar pasos hacia la igualdad. Cada una con su estilo: En el caso de Fatou, como una joven de Kolda más que desde su casa y su entorno familiar ha ido cambiando las cosas. En ella se pueden ver reflejadas muchas mujeres, sobre todo las más jóvenes, porque Fatou ha conseguido salir a estudiar a Dakar para volver a la casa familiar y dar ejemplo de que se pueden lograr pequeños cambios con persistencia y sin perder el vínculo familiar y social. “Cuando mis propios hermanos no querían las tareas reservadas a las mujeres, como hacer la comida o sacar agua del pozo, les preguntaba: ¿lavas la ropa con el sexo o con las manos?” Está convencida de que con los niños es más fácil avanzar. En casa de Fatou, ahora podemos ver a los hombres lavar la ropa o hacer la comida si hace falta.

La división sexual de trabajo adjudica lo público y lo productivo a los hombres y lo privado y reproductivo a las mujeres. Y no a partes iguales, por supuesto. Porque las tareas domésticas y el cuidado familiar se torna muy complejo en las comunidades rurales en Senegal, Gambia o Guinea Bissau: lo más esencial, como el agua potable, los campos de arroz -cultivo básico de la  Casamance- el centro de salud o la escuela… siempre están a horas caminando de casa, todos los días.

Y no hablamos de familias de 3 o 4 miembros. En algunas comunidades rurales de Senegal como Ouassadou y Kéréwane, por ejemplo, las mujeres se hacen cargo del cuidado de un promedio de 14 personas, según una encuesta del convenio ATO-SAGE. La media nacional en Senegal es de 10 personas que conforman una familia. Pero en nuestra visita a las comunidades de Salikene y Mandori, en el norte de Gambia, hemos conocido a familias de hasta 30 miembros, con una media de 15 o 20 personas conviviendo en la misma casa familiar. Esto es así, en parte, porque existe la poligamia: la familia se “amplía” pero se comparte la vivienda. Este modelo de organización social, que nos puede escandalizar, supone para muchas mujeres rurales una descarga de sus tareas domésticas y sus “deberes” sexuales con respecto a su marido. “Tener varias mujeres es mejor para ellas, porque para una sola es mucho trabajo y así pueden repartirse las tareas”, nos responden los hombres en Salikene cuando les preguntamos por los motivos de la poligamia. Por supuesto, no conciben que sean ellos los que se hagan cargo junto a su esposa del trabajo en casa.

“Cuando te casas, declaras si tu matrimonio es monógamo o polígamo. En general, la poligamia la deciden las familias, quienes arreglan el matrimonio, pero cada vez hay más mujeres que ponen como condición que sea monógamo y menos parejas que se casan bajo el sistema poligámico”. Nos lo aclara Daniela Fonkatz, que trabaja con las mujeres rurales en las comunidades de la Casamance. Y añade otras cuestiones que cuentan: “La posición social de las mujeres en una familia -el número de esposa que son, si la primera o la segunda…- determina si tienes más o menos cargas domésticas, o incluso te libera de tener relaciones sexuales con tu marido -la negativa a mantenerlas no puede venir nunca de ellas-, pero una nueva esposa en la familia puede suponer menos dinero para sus gastos, porque el marido polígamo debe ser capaz de mantener económicamente a todas las mujeres con las que se casa”.

Matida reconoce sentirse profundamente afectada por los valores culturales de su comunidad. Porque ella y su propio marido ha sido educado en esos valores y es difícil salir del rol de la “african lady”, como dice ella misma. Matida habla rápido, de manera contundente y tan firme como sus convicciones: “Las mujeres tenemos derechos, y respetando mi cultura, hay cosas que ni siquiera están en ningún texto religioso, como el matrimonio forzoso, y cosas que no puedo más que repudiar, como la mutilación genital femenina.” Llegados a este punto, Matida se emociona. Acaba de ser madre y nos cuenta su temor durante el embarazo a que si daba a luz una niña, su familia le practicara la ablación, que ella misma sufrió de pequeña. Nació un niño. Pero la práctica sigue existiendo. Si hablamos de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, es lo habitual que no decidan ellas sobre su cuerpo, la cantidad de embarazos, el espacio entre ellos, ni siquiera el nombre de sus hijos.

Y si la tarea invisible del cuidado de las familias no es suficiente, las mujeres rurales también dedican horas de su apretada agenda diaria al campo. Concretamente, un promedio de 6,3 horas al día en Senegal, 12 horas en Guinea Bissau, según la misma encuesta. También en el campo podemos decir aquello de “dime de qué sexo eres y te diré lo que cultivas”. Ellas quedan relegadas a lo que se come en casa. Serán los hombres los que se ocupen del maíz, mijo y algodón: la producción rentable cuyo excedente suele dedicarse a la venta. Tampoco tienen derecho a ser propietarias de la tierra. En Gambia, por ejemplo, sólo poseen el 8% de las tierras. Menos tierras, las de peor calidad y las más alejadas. Y están excluidas de los espacios en los que se toman las decisiones, también en el campo. Por si fuera poco, para ahondar en estas desigualdades, han llegado a algunas de estas comunidades empresas que acaparan tierras… ¿qué tierras? Las que cultivan las mujeres, no sólo expulsándolas de las tierras arroceras, perdiendo su actividad productiva, sino despojándolas de su rol de proveedoras de alimentos, perdiendo su posición social y su prestigio en su comunidad: el escaso o único valor que poseen en estas fértiles comunidades de la Casamance rural.

Matida y Fatou trabajan ahora en las asociaciones ADWAC y FODDE, de Gambia y Senegal respectivamente, como responsables de que los derechos de las mujeres -acceso a la tierra, participación en la toma de decisiones…- y el enfoque de igualdad esté presente en todas las actuaciones que llevan a cabo en las comunidades rurales de estas regiones transfronterizas. Queda mucho por hacer pero son conscientes que están cambiando mentalidades. Sobre todo de los hombres. “En un taller que celebramos en Dijagoubou sobre la división sexual del trabajo algunos hombres se sintieron incómodos, pero fueron asumiendo la realidad y ahora son un modelo para la comunidad, y esto es muy importante para nosotras”, nos cuenta Fatou.

Matida torna serio su semblante, siempre alegre y sonriente en esta mujer gambiana, cuando nos habla de su recién nacido hijo, Aliu: “Mi marido ya tenía decidido su nombre, que por tradición lo elige su familia y la opinión de la mujer nunca cuenta. Pero es también mi hijo, no quise aceptar esta norma y me negué a que su nombre fuera el que la familia decidiera, conseguí hacerles entender que la madre tiene ese derecho”. Matida siente que ser un modelo de superación y aprendizaje, sobre todo para los más jóvenes, y lograr cambiar mentalidades, a base de sensibilidad, educación y comprensión “es una de las mejores cosas que me pueden pasar en la vida”. Coraje es la palabra que más repiten Matida y Fatou, y hace verdadero honor a lo que realmente poseen las mujeres: mucho coraje para luchar juntas por una vida que, al menos, reconozca su trabajo y su valentía, con la que cada día despiertan las conciencias en la Casamance.

Matida y Fatou o ser feminista en los pueblos de África Occidental, en Desalambre (Eldiario.es)


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