Elena frente a la discriminación de los gitanos

Las bombas caen igual para todos en Ucrania, pero el apoyo que reciben quienes huyen de ellas no es igual. Por terrible que parezca, hay refugiados que son acogidos con abrazos en las fronteras y otros con disgusto. Hay autobuses dispuestos a trasladar a unos y a otros no, hay centros de acogida de primera y otros de segunda clase. Elena se planta frente a la discriminción de los gitanos. 

La población gitana de Ucrania

La peor parte, la del rechazo y la sospecha, se la llevan los gitanos de Ucrania, un grupo que se enfrenta históricamente a la discriminación en su país de origen y también en los de acogida, como es el caso de Moldavia. 

De eso sabe mucho Elena Serbi. Ella viene de una familia tradicional romaní del norte de Moldavia y ahora preside Romni, una organización que reclama derechos para las niñas y mujeres romaníes en ese país. Desde el comienzo de la guerra centra sus esfuerzos en atender a los gitanos que cruzan la frontera y reclamar más apoyo frente a una discriminación escandalosa.

Cuenta que ya en los primeros días muchos servicios se negaban a proporcionar alimentos o pañales para las familias romaníes y la situación no ha mejorado. En Modexpo, el centro oficial de acogida de refugiados en Moldavia, no hay una sola persona gitana, cuenta. El Gobierno tardó semanas en proporcionar un lugar donde pudieran alojarse los refugiados romaníes y cuando lo hizo optó por un edificio abandonado de la universidad en el que no funcionaban los baños. 

Elena tiene que pelear por cada cosa que necesitan las 100 personas que se refugian en ese edificio. Cuenta que lleva días llamando a un teléfono oficial para conseguir mantas y almohadas, también ha pedido zapatos. En cada llamada recibe un “gracias por contactarnos” por respuesta, sin que sus peticiones sean atendidas. 

«Nadie elige en qué familia nacer»

“Nadie elige en qué familia nacer”, recuerda Elena, que quiere llamar la atención a la comunidad internacional para que los gitanos de Ucrania reciban la misma asistencia que sus compatriotas. 

Ella cree que la guerra nos demuestra que todos somos vulnerables, que debería ayudarnos a entendernos como seres humanos con necesidad de ser protegidos, unos iguales a otros. Desgraciadamente, eso aún no ha ocurrido en Moldavia.  

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